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“Plantando semillas de esperanza”.

Puede que sea demasiado pronto, pero vale la pena intentarlo”, pensó Sara, mientras rociaba con agua los brotes de vida en su pequeño jardín. Pero, poco tiempo después, su jardín se convirtió en el sitio más olvidado de la casa.

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Hoy te compartimos la historia de Sara B. Franklin, escritora y profesora en la escuela Gallatin de la Universidad de Nueva York, quien acaso como un suspiro “adicional”, había sacado una caja de semillas del estante de la cocina, se arrodilló en el suelo, apartó las briznas de hierba seca de la última siega del otoño para hacer dos filas poco profundas, y dejó caer algunas semillas de lechuga, de repollo, berza y también de amapola borgoña. “Puede que sea demasiado pronto, pero vale la pena intentarlo”, pensó Sara, mientras rociaba con agua los brotes de vida en su pequeño jardín. Pero, poco tiempo después, su jardín se convirtió en el sitio más olvidado de la casa.

Una mañana de 2008, luego de batallar contra su enfermedad, falleció su madre, quedando todos devastados por la noticia y el incierto rumbo que entonces tomarían las cosas; debido a sus más oscuros días, Sarah había perdido el interés por las actividades cotidianas, y abandonó la huerta, lanzando contra ella toda la furia y confusión expandidos por el miedo de los últimos acontecimientos. Al pasar el tiempo algo había cambiado, la escritora se asombró al ver que algunas semillas habían comenzado a germinar, aun sin sus cuidados, y eso hizo un cambio de su atención.

“En esos peores momentos, cualquier cosa que nos pueda aportar esperanza, merece la pena intentarlo, yo no estaba lista, pero la tierra sí; las plantas me lo estaban pidiendo”.

El jardín, ahora, es el único lugar en el que consigue encontrar un remanso de quietud en el que puede insertar a sus hijos y a sus mascotas, una forma para canalizar un poco de su realidad.

“Necesito este jardín, cosas que urjan y requieran mi atención, y me confirmen que seguimos avanzando, de alguna manera, en esta repentina suspensión del tiempo”, compartió la escritora en sus redes sociales. 123

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The Shepherd’s Table Soup Kitchen: Sirviendo comida y esperanza.

Desde el sótano de la Iglesia del Buen Pastor en el centro de Raleigh, no solo sirven el almuerzo sino también comparten esperanza, a alrededor de 200 personas en promedio cada día.

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Con más de 40 años al servicio de los necesitados, la comunidad de Raleigh, NC, sigue contando con la ayuda de The Shepherd’s Table Soup Kitchen, al recibir alimentos servidos por voluntarios a la población vulnerable en la ciudad capital de North Carolina.

Desde el sótano de la Iglesia del Buen Pastor en el centro de Raleigh, no solo sirven el almuerzo sino también comparten esperanza, a alrededor de 200 personas en promedio cada día. “Nos aseguramos de que todos reciban un almuerzo, caliente, nutritivo y un paquete de bocadillos para más tarde; simplemente colaboramos y trabajamos en familia y lo hacemos todos los días de 11 a 12 ”, dijo la directora ejecutiva Tamara Gregory.

En tiempos difíciles de pandemia, que además ha acrecentado la inseguridad alimentaria, The Shepherd’s Soup Kitchen solo ha cerrado un día, y hoy continua renovando sus métodos de distribución de almuerzos en un verdadero espíritu de comunión, con el propósito de compartir dones de Dios con el pueblo, en una atmósfera solidaria y sin prejuicios donde todos son bienvenidos a cenar. En 2021The Shepherd’s Soup Kitchen atendió a más de 76 mil personas necesitadas.

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Mike Esmond apoya a varias familias este fin de año.   

Motivado por el mal recuerdo de sus navidades anteriores (año 1983) por haber pasado frío por no poder pagar sus cuentas, mientras sus hijas eran pequeñas.

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Por tercer año consecutivo, Mike Esmond, de 75 años, residente de Gulf Breeze, ciudad del noroeste de Florida, Estados Unidos, ha donado aproximadamente 4.600 dólares, para ayudar a varias familias de bajos ingresos a pagar sus facturas atrasadas de agua y electricidad, lo que eleva sus donaciones en los últimos tres años a cerca de 96.000 dólares.

Motivado por el mal recuerdo de sus navidades anteriores (año 1983) por haber pasado frío por no poder pagar sus cuentas, mientras sus hijas eran pequeñas, Esmond, propietario de una empresa de limpieza de piscinas en Pensacola, desde 2019 se ha propuesto impedir que muchas familias se queden sin luz, agua o gas durante las Navidades.

“Sabes, no se trata solo de pagar cuentas, es la felicidad que esto trae a tantas personas”, dijo Esmond.

Y usted, ¿tiene motivos por los cuales estar agradecido?.

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Videojuegos en nuestros hijos: cuándo debemos empezar a poner límites.           

Cada versión de los juegos electrónicos viene con una relación proporcional entre desafíos, premios o reconocimientos que el mismo juego le va dando al usuario, lo que estimula directamente el cerebro del jugador y lo impulsan a ir por más.

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Dispositivos inteligentes, juegos y materiales didácticos, algunos online provenientes de sus asignaciones escolares, forman parte del día a día de nuestros hijos, para reforzar sus conocimientos, el cumplimiento de tareas o para el juego y la distracción, aunque a veces estos últimos particularmente son difíciles de limitar a un horario o días de la semana. Por mucho tiempo, los padres se plantean cuándo y cómo comenzar a poner límites a esta sobreexposición.

Cada versión de los juegos electrónicos viene con una relación proporcional entre desafíos, premios o reconocimientos que el mismo juego le va dando al usuario, lo que estimula directamente el cerebro del jugador y lo impulsan a ir por más. Se describe como Dopamina, la sustancia que liberamos en respuesta a recompensas inesperadas y esto produce satisfacción y bienestar, o sea, a mayor gratificación, mayor necesidad de seguir jugando. No es un problema hasta que percibimos que nuestros hijos “no pueden despegarse del juego”, o “necesitan” seguir avanzando, o se irritan cuando se les indica hacerlo.

¿Cuándo mucho es mucho?

Lo primero que debemos preguntarnos es qué estarían haciendo nuestros hijos si no estuvieran jugando al videojuego. Si la respuesta es jugando con amigos, leyendo, o haciendo algo creativo, claramente sería mejor alentarlos a cambiar de actividad.

Todo en su justa medida y a su debido tiempo. Si el celular o la Tablet se utilizan “como remedio” contra el aburrimiento, o para que “los niños estén tranquilos” les estamos reemplazado el contacto con otras personas, actividades y peor aún los retrae socialmente. ¡Cuidado!, no sólo no los estamos ayudando a autorregular el aburrimiento, sino que además desalentamos su creatividad.

Prioricemos que el juego sea un evento social o recreativo positivo, y no un escape para no relacionarse con otras personas o responsabilidades; jugar siempre ha sido una actividad placentera y los videojuegos tienen un potencial enorme para la salud, la educación y los temas sociales. El desafío será, como siempre, hacer un buen uso del recurso.

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